Santiago, Esmeralda - Conquistadores (Fragmento de novela inédita, The Conquistadora). 1826-1849

Description
Santiago, Esmeralda - Conquistadores (Fragmento de novela inédita, The Conquistadora). 1826-1849

Please download to get full document.

View again

of 8
All materials on our website are shared by users. If you have any questions about copyright issues, please report us to resolve them. We are always happy to assist you.
Information
Category:

Grammar

Publish on:

Views: 2 | Pages: 8

Extension: PDF | Download: 0

Share
Tags
Transcript
  144 Conquistadores (Fragmento de novela inédita, The Conquistadora ). 1826-1849  Esmeralda Santiago (Escritora puertorriqueña residente en Estados Unidos) De músico, poeta y loco, todos tenemos un poco… Ana era descendiente de uno de los primeros hombres que navegaron con Cristóbal Colón, el Gran Almirante de la Mar Océana. Tres hombres de la rama paterna de su familia, vascos con grandes conocimientos del mar y una temeraria curiosidad por lo que había al otro lado del horizonte, estuvieron entre los conquistadores srcinales. Dos de sus antepasados de apellido Larragoiti, perdieron la vida en combate con eros caribes en La Española. Agustín, el tercero de ellos, se distinguió como intrépido civili-zador y evangelizador, y en 1509 recibió como premio una aldea completa de nativos en la isla de San Juan Bautista. Los taínos recogieron pepitas de oro sucientes para que Agustín pu -diera regresar a España, donde, por razones que la familia nunca pudo determinar, prerió retirarse en Sevilla y no en el pueblo de sus ances - tros. Además, cambió la ortografía de su apellido, sustituyendo la i nal con una y, letra inexistente en lengua vasca. Ana se imaginaba que, para Agustín, la sencilla i con la que terminaba el apellido Larragoiti no era tan majestuosa como la y de curvatura caprichosa, sinónimo de opulencia y agresividad masculina. Las siguientes generaciones de hijos y sobrinos de Larragoity zarparon desde Sevilla por el río Guadalquivir, en espera de reproducir la historia de éxitos de Agustín. Según Gustavo, el padre de Ana, los Larragoity tenían descendientes en México, Perú y Venezuela, los cuales eran propietarios de cuantiosas fortunas. Por la rama de los Cubillas, Jesusa, su madre, contaba con tres solda-dos, dos frailes franciscanos y tres comerciantes cuyos diarios y cartas, en los que se describían los rigores y recompensas de la colonización en las Antillas, pasaban de generación en generación, leídos y debatidos en reuniones solemnes. Y había Cubillas dispersos por el Nuevo Mundo, tam- bién poseedores de grandes riquezas y considerados entre las principales familias antillanas.Sin embargo, las hazañas sobre el hombre y la naturaleza de las que tanto se enorgullecían resultaron meras conjeturas. Los miembros de las familias Larragoity y Cubillas que quedaron en España ignoraban cuál había sido el destino de los conquistadores, comerciantes y religiosos des- pués de 1757, año en que cesó abruptamente la correspondencia del último remitente de las colonias, un tabacalero residente en Cuba. Y las cartas  Letral, Número 6, Año 2011  145 Conquistadores (Fragmento de la novela, The Conquistadora  ). 1826-1849  Eduardo Lalo abundantes en proezas, objeto de tal fabulación y exageración que en nada se asemejaban a las narraciones srcinales, pasaron a preservarse en las cajas fuerte de las residencias de los patriarcas sobrevivientes de los clanes Larragoity y Cubillas. Si bien su riqueza, orgullo y honor dependían de los herederos varo-nes, Gustavo y Jesusa perdieron tres hijos consecutivamente, a escasas semanas de su nacimiento. En el séptimo año de su matrimonio, y luego de un día y medio de parto, Jesusa dio a luz a una saludable niña, el 26 de  julio de 1826. No tenía nada en común con sus familiares vivos, que eran hombres y mujeres altos, robustos, de ojos y cabellos claros y narices pro-nunciadas, cuyos labios arrogantes se contraían en una mueca de desdén a la menor provocación. Si Jesusa no la hubiera traído al mundo luego de veintinueve horas de sufrimiento, no habría reconocido como suya a aque-lla criatura pequeña, de ojos negros y cabellos del mismo color, que no se  parecía a nadie más que al retrato de don Agustín que presidía la galería. Jesusa le dio el nombre de Gloriosa Ana María de los Ángeles Larragoity Cubillas Nieves de Donostia, y especícamente Ana, en honor a la santa  protectora de las embarazadas, en cuyo día había nacido. Y como no se consideraba apropiado que una mujer de alta sociedad amamantara a sus hijos, se contrató a una gitana robusta para que se encargara de tal labor. Ana progresó y sobrevivió sus primeros días, sus primeros tres meses, luego los nueve, y en su primer año pasaba de los brazos de su nodriza a su sirvienta, moviéndose animadamente.Jesusa duplicó sus oraciones y sus obras de caridad, en espera de que Santa Ana intercediera a su favor para que pudiera volver a salir embara-zada y concebir a un varón. Pero las súplicas se volvieron aire trémulo ante las velas, y su vientre siguió estéril. Jesusa culpaba a Ana de su infertili-dad, y cada vez que la miraba, veía desvanecidas sus esperanzas de dar a luz a un heredero. Sin hijos varones, las casas, los muebles y la riqueza de Gustavo Larragoity Nieves, a su muerte, pasarían a manos de su hermano menor, cuya feraz mujer había traído al mundo tres hijos saludables.Desde pequeña Ana fue criada por sirvientas norafricanas. En cuanto la niña se encariñaba con una, Jesusa la despedía y la sustituía por otra, quejándose con frecuencia ante sus amigas de que resultaba imposible en- contrar sirvientes conables.  — Nunca debimos darles la libertad a los esclavos en España decía a sus amigas, quienes le daban la razón. En España, los esclavos habían sido capturados en las guerras o secues-trados en África e Hispanoamérica. Una práctica que, aunque abolida en España en 1811, seguía vigente en sus colonias. Casi dos décadas después, a Jesusa le seguía molestando que Almudena, su sirvienta personal, que había prestado servicios a la familia durante tres generaciones, desapa-  Letral, Número 6, Año 2011  146 Conquistadores (Fragmento de la novela, The Conquistadora  ). 1826-1849  Esmeralda Santiago reciera en cuanto llegó la noticia de la liberación de los esclavos, y nadie más la volvió a ver ni se oyó hablar más de ella. Jesusa era autoritaria y exigente; cuando cumplió cinco años, Ana entendió la razón por la cual Almudena se había marchado en la primera oportunidad que tuvo.Los primeros recuerdos de Ana eran las llamadas al salón de recibir de Jesusa, donde tenía que impresionar a las visitas de su madre con hermosas reverencias y buenos modales. Se le permitía estar algunos minutos con las señoras, casi asxiada por tanto volante y siseo de basquiñas. Las damas dejaban de hacerle caso en cuanto terminaba su sesión de reverencias, y seguían hablando sin interrupción hasta que Jesusa les recordaba que la niña aún estaba allí y le pedía a la sirvienta que se la llevara. A los diez años Ana fue enviada a la misma escuela conventual de Huelva donde estudiara Jesusa, cerca de la residencia de los Cubillas. Al-gunas de las monjas del Convento de las Buenas Madres recordaban a Jesusa cuando era niña, y comparaban desfavorablemente a Ana con su madre, la cual, según ellas, era todo lo contrario de su hija: devota, obe-diente, humilde y recatada. A diferencia de Ana, a Jesusa nunca se le hizo masticar ají picante por haberse equivocado en el ora pro nobis peccato-ribus  del avemaría. A su madre tampoco se le obligó a arrodillarse sobre granos de arroz en una esquina para curarle su constante nerviosismo, tan impropio de una dama. Jesusa jamás faltó a misa para así poder acostarse sobre el pasto reciente de una deslumbrante mañana primaveral y, al cerrar los ojos, contemplar el rojo resplandor que reemplazaba la negrura habi-tual tras los párpados. Sin embargo, Ana, a causa de esa infracción, tuvo que permanecer acostada boca abajo todo un día sobre el suelo de piedra de la capilla, sin agua ni comida, rezando en voz alta, lo sucientemente alta como para que llegara a las monjas que se turnaban para escucharla durante la vigilia.Ana pasaba sus vacaciones de Navidad y Semana Santa con sus padres en Sevilla, donde se le permitía salir a tomar el sol al patio, pero se le pro-hibía visitar la vibrante ciudad sin la compañía de su madre y un sirviente. Al igual que muchas sevillanas, Jesusa se cubría la cara con un velo para salir a la calle, como si fuese demasiado hermosa para que la vieran. A Ana le hacía feliz el hecho de que, como aún era una niña, no tenía que usar velo, lo cual le permitía mirar a todas partes mientras recorrían la ciudad.Las calles estaban llenas de vendedores, carteristas, monjas y monjes, marinos y comerciantes, gitanos y vagabundos. Ana y Jesusa asistían dia- riamente a misa en una de las capillas de la magníca Catedral de Santa María de la Sede, edicada en el siglo XV y cuya construcción y decora -ción fue pagada por los potentados que llegaban a Sevilla procedentes del Imperio Español. Las amplias arcadas góticas, los santos y vírgenes recu- biertos de oro, el elaborado altar y los numerosos nichos representaban la  Letral, Número 6, Año 2011  147 Conquistadores (Fragmento de la novela, The Conquistadora  ). 1826-1849  Esmeralda Santiago riqueza de la ciudad y la gloriosa historia de España. Ana se sentía pequeña e insignicante cada vez que se sentaba bajo la bóveda de la iglesia. Sus altas columnas eran como dedos señalando al purgatorio adonde, según las monjas, iría a parar ella si seguía siendo tan desobediente.Ana y Jesusa encendían velas ante los santos dorados, y dejaban caer unas cuantas monedas en las manos de los mendigos que se sentaban en los escalones. Luego se encaminaban al cementerio para llevar ores a las tumbas de los tres niños muertos a los que Ana no podía sustituir. También les llevaban remedios a los vecinos enfermos. Ambas cotilleaban con las mujeres y muchachas que las visitaban y a las cuales debían visitar como corresponde; y, en las noches, cuando Ana ya tuvo edad suciente, asistían a los bailes con el propósito de exhibir a Ana ante sus pretendientes poten-ciales. Y entre obligaciones religiosas y compromisos sociales, Ana per-manecía en casa, cosiendo o bordando junto a Jesusa, mientras dos dogos falderos gruñían y roncaban sobre una cesta acolchada a sus pies. — Concéntrate en lo que haces —le decía su madre cuando Ana se quedaba contemplando un pedazo de cielo a través de la estrecha ventana de elaborados cortinajes—. Por eso tus costuras salen torcidas. No prestas atención.Su madre la criticaba por no sentarse erguida, por dar su opinión como si ésta le importase a alguien, por no arreglarse el pelo adecuadamente, por no tener amigas en Sevilla.  — ¿Pero cómo puedo tener amigas aquí si me has connado a un con -vento? — Trágate esa lengua viperina —le advertía Jesusa—. Nadie habla contigo porque eres muy desagradable. Ana se preguntaba si otras muchachas se sentirían como ella, sin tras-cendencia alguna, como una presencia indeseable para sus padres. La lle-naba de resentimiento el obvio desencanto de Jesusa y, al mismo tiempo, trataba inútilmente de ganarse su cariño. Y evitaba a su padre, quien la mi-raba con desdén cuando la tenía cerca, como si lo ofendiera por el simple hecho de ser mujer.La joven llegó a la pubertad al mismo tiempo que Jesusa entró en la menopausia. Cuando menos lo esperaba, Ana sentía sobre ella la mirada de su madre, una combinación de envidia y disgusto que las confundía a am- bas. Si no fuese por Iris, su sirvienta, Ana habría creído que se estaba mu-riendo la primera vez que vio sangre en sus bragas. Le avergonzaban los cambios que se producían en su cuerpo y sus emociones intensas, similares a las de Jesusa. Pero se le impedía hacer comentario alguno al respecto, y ni siquiera podía pensar en ninguno de sus sentimientos desconcertantes y dislocados. Exploraba las nuevas sensaciones de su cuerpo, pero como se imaginaba que Dios fruncía el ceño cada vez que se pasaba los dedos por  Letral, Número 6, Año 2011  148 Conquistadores (Fragmento de la novela, The Conquistadora  ). 1826-1849  Esmeralda Santiago sus senos en or para sentir el placer del contacto, hasta sus pensamientos eran prohibidos.Sus compañeras de clase hablaban de la creciente cercanía que iban teniendo con sus madres a medida que se convertían en jovencitas, y Ana deseaba que Jesusa fuera como aquéllas: cariñosa, cálida, atenta, alentado-ra y dispuesta a responder sus preguntas. Pero Jesusa había sepultado su amor maternal en las tumbas de sus tres hijos muertos.  — Te quiero, mamá —le dijo Ana a Jesusa en cierta ocasión—.  — Por supuesto que sí —le respondió Jesusa—. Cada vez que se acor-daba de aquel día, Ana se sentía aún más abandonada, porque Jesusa no le respondió con otro “Te quiero”.Aunque su casa estaba exenta de afecto, Ana sabía que al menos había cierta preocupación por su futuro. Para que no dependiera de su arrogante tío a la muerte de Gustavo, sus padres esperaban que se casara con un hombre rico. Ana no creía que el matrimonio podía traerle la libertad de la dependencia. En realidad era lo opuesto. Su vida sería como la de Jesusa: encerrada tras espesos cortinajes dentro de muros de piedra, atrapada en el deber y el arrepentimiento diario por sus faltas. Cada vez que se imaginaba aquella vida, a Ana le invadía la ira al pensar que no tenía el control de su  propio destino y le daban deseos de escapar.Como Ana aportaría una dote y no una fortuna, era improbable que alguno de los solteros más codiciados que pululaban por salones y bailes se jase en ella, ante la presencia de alguna presa más adinerada. Además, también estaba consciente de que no era una señorita típica. Era modera-damente hermosa, especialmente cuando sonreía, pero no bailaba bien, no tocaba ningún instrumento, aborrecía la charla intrascendente, se negaba a adular a los jóvenes que se le ponían delante, y no soportaba las intro-misiones de las dueñas y las posibles suegras que evaluaban sus estrechas caderas, escudriñándolas aun por debajo de las siete enaguas que Jesusa insistía en que se pusiera para darle forma a su gura pequeña y delgada. La muchacha contaba los días que faltaban para las vacaciones de ve-rano que pasaba en la hacienda de su abuelo materno en Huelva, cerca de su escuela. El anciano viudo no era más afectuoso que sus padres, pero el abuelo Cubillas no se molestaba en señalarle constantemente que era un fracaso y había contratado a una dueña para que le hiciera compañía cuando Ana estuviera de visita. Doña Cristina era una viuda humilde, de naturaleza impecable, pero carente de imaginación. En cuanto se le daba la oportunidad, Ana huía de los folletos religiosos y los bastidores de bor-dado que formaban parte indisoluble de doña Cristina. El abuelo dejaba que Ana hiciera lo que le viniese en gana, siempre y cuando no interriese con sus rituales de comer, beber vino, fumar su pipa y leer en una butaca de piel acolchada, con las piernas sobre un escabel y el  Letral, Número 6, Año 2011
Related Search
Similar documents
View more...
We Need Your Support
Thank you for visiting our website and your interest in our free products and services. We are nonprofit website to share and download documents. To the running of this website, we need your help to support us.

Thanks to everyone for your continued support.

No, Thanks