Paz Soldán, Edmundo - El croata

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Estaba acostumbrado a ver cosas raras desde que hacía seis meses me asig-naron al pabellón de enfermos terminales. Había visto a un hombre que le regalaba a su hermano las tapaduras de oro de sus muelas; a una mujer que le dictaba el testamento a su

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  98 El croata  Edmundo Paz Soldán Estaba acostumbrado a ver cosas raras desde que hacía seis meses me asig-naron al pabellón de enfermos terminales. Había visto a un hombre que le regalaba a su hermano las tapaduras de oro de sus muelas; a una mujer que le dictaba el testamento a su esposo, mientras el hijo adolescente, sentado en el suelo con la espalda apoyada en la pared, escuchaba música en su iPod; a una niña con la cabeza rapada y los ojos saltones que pedía a gritos que sus padres la visitaran (pero ellos no venían porque estaban muertos).  Nada, sin embargo, me había preparado para la llegada del Croata. El Croata era alto y aco, y tenía un rostro loso y pálido que era una versión contundente del desconsuelo. Sus arrugas no eran pronunciadas,  por lo que le dimos unos cuarenta y cinco, aunque luego nos enteraríamos que tenía más de cincuenta. Los brazos largos le colgaban a los lados como los de un chimpancé, y las manotas eran de gigante: con razón nunca había sido fácil meterle goles. Fue en sus tiempos un gran portero, el héroe indó -mito del Wilsterman; había llegado incluso a la selección nacional, y evita- do en tardes gloriosas las goleadas de equipos como Brasil y Argentina. La tarde de su llegada al hospital, cuando me tocó, junto a Max, el otro enfer-mero de turno, ayudarlo a desnudarse para que se pusiera la bata blanca, y me topé con sus costillas salidas, su complexión cadavérica, reexioné que a todos nos tocaría lo mismo, aunque quizá no habría, para algunos, lo que había para el Croata: la posibilidad de convertirse en símbolo de algo. Un ser de cuerpo tan atlético, un deportista vigoroso, era ahora un hombre pa-tético y esmirriado: eso era lo que de una manera u otra nos hacía la vida, aunque en los más afortunados eso se disimulaba.Yo era de los que apostaba con Max y otros enfermeros cuánto tiempo iba a durar el paciente en el pabellón. Al Croata no le di ni un mes: tenía los ojos hundidos, la expresión derrotada. Era ya un fantasma, alguien que había dejado de ser aunque su cuerpo seguía deambulando por inercia. Se me ocurrió pedirle un autógrafo el primer día, para tener un recuerdo, por si se iba pronto. Me lo dio sin sonreír, casi sin mirarme. Imaginé tardes de domingo a la salida del estadio, en que los jóvenes lo esperaban en  busca de su rma, para encontrarse con una rayadura rápida en un papel, un breve paso por sus vidas en los que no había habido el contacto con su voz, con los ojos. Pero igual: el Croata aparecía con regularidad en los pe-riódicos, había sido tocado por la gracia de la fama y eso le permitía darse lujos; pronto vendrían los periodistas en busca de la última entrevista, las  palabras nales con las que sería recordado. Pero no era por su pasado glorioso que la llegada del Croata había re-  Letral, Número 2, Año 2009  99  El Croata  Edmundo Paz Soldán volucionado el pabellón, sino por sus visitas. La mujer mayor, la que debía tener unos cuarenta y tantos años, venía por las mañanas acompañada por un niño de pelo negro y orejas enormes; la menor venía por las tardes y tenía un aire colegial o acaso universitario, el pelo rubio y ensortijado, un anillo en el ombligo, las poleras cortas y apretadas que dejaban la cintura al descubierto. La mujer mayor solía vestir de negro, como preparada para el funeral o acaso ya en pleno duelo y melancolía; la rubia exhibía su cuer- po con calculada provocación, como acostumbrada a sacar el mejor partido a la mirada de los hombres: si usaba jeans, debían marcarle las nalgas. Las raíces negras del pelo hacían ver que era una rubia falsa.  No era difícil pensar en una esposa y una amante, ambas dándole la despedida a su manera, con los tiempos repartidos gracias al emprendi- miento logístico del Croata. ¿Sabría una de la otra? Quizá no. O quizá sí. ¿Importaba, en esos momentos nales? Pensaba que no, pero debía reco -nocer que me había molestado una vez cuando, al entrar por sorpresa en la habitación, había encontrado al Croata echado en su cama y besando a la rubia, que se hallaba prácticamente encima de él, una mano apoyada en las sábanas a la altura de su miembro. Sí, podían ser sus últimos días,  pero se debía mantener la propiedad hasta el nal, me dije, nos dijimos los enfermeros que rotábamos para atender al Croata. Estaba bien que la rubia lo visitara, pero los besos y demás demostraciones de afecto debían estar reservados para la mujer que venía con el niño.¿Qué sabíamos del Croata? No mucho, habíamos sido niños en sus tiempos de fotos en las portadas de los periódicos. Los rumores comenza -ron a circular por el pabellón. Uno de los enfermeros nos dijo que le habían contado que la rubia, Solange, era vendedora de Herbalife. Max escuchó de su padre muchas historias de la vida nocturna y disipada del Croata, su gusto desvergonzado por el trago corto y las mujeres, la vez en que se es-capó de una concentración en Buenos Aires y lo encontraron en un cabaret cerca del puerto; el padre de Max había dicho incluso que esos escándalos habían acortado la carrera deportiva del Croata. Ramona, una de las enfermeras, se la pasó una tarde libre en la heme- roteca para conrmar que el Croata se había casado, aunque no se decía nada del hijo. Teresa, la mujer de negro, era su esposa, y el niño su hijo, supusimos. Luego llegó otro rumor: el Croata se había casado con la rubia falsa sin llegar a divorciarse de su mujer. Así fuimos creando a nuestro pro-  pio Croata, peligroso y transgresor: el esposo inel; el bígamo. Si hubiera sabido el hombre cuánta conversación nos deparaba en el pasillo o en la cafetería, cuántas conjeturas, quizá se habría alegrado: se despedía en olor de escándalo, era el a sí mismo. Con los días, con las visitas, el Croata se fue animando. Cuando venía la mujer mayor, se podían escuchar risas y cuchicheos detrás de la puerta.  Letral, Número 2, Año 2009  100  El Croata  Edmundo Paz Soldán Era evidente que había muchas complicidades entre los dos, puentes col-gantes tendidos a través de tantos años juntos. Una vez lo escuché recitarle algo en latín; no me aguanté y, cuando entré, le pregunté qué era.  –Fui monaguillo a los nueve años –dijo, y el niño abrió los ojos con azoro, como si fuera novedad que su padre había sido niño como él. En otras ocasiones lo escuché cantar tangos y boleros; desanaba, pero conmovía. ¿Sería que me había equivocado, que la expresión muerta a su llegada sólo estaba esperando una visita para reanimarse? Daba igual,  pensé: yo no solía equivocarme en mis pronósticos, aun cuando más de una vez me hubieran sorprendido los gestos de resucitados en esa sombría espera en el pabellón.Con la rubia había un silencio que hacía pensar que ocurrían cosas detrás de la puerta. Sin embargo, varias veces la había visto salir de la ha - bitación con los ojos rojizos, como si hubiera estado llorando. Acaso nos equivocábamos al acusarla de ser una mujer fácil, acaso en ella también había amor y no interés. Eran muchas las tardes en las que venía de visita, eso no podía ser sólo la despedida a un buen cliente o a un amante casual. Después de todo, ¿qué sabíamos nosotros? Nos habían dado algunas pis- tas, nos esforzábamos por construir una historia verosímil, un recuento de los hechos en que pudiéramos coincidir todos.Una mañana en que lo ayudaba a desvestirse para que se duchara, el Croata habló de improviso. Su voz ronca me tomó por sorpresa.  –Teresa me dejó porque se cansó de mi inconstancia. Fue hace mucho y me dolió. Ya no estaba enamorado, pero la veía como la compañía para mi vejez.  –Está aquí ahora, al pie del cañón –dije–. Eso lo debe alegrar. –La proximidad de la muerte nos hace perdonar muchas cosas, Juan. Supongo.  –No tiene por qué ser tan negativo. –Hace cuatro meses estaba todo bien. Un día decidí ir al médico porque estaba enaqueciendo mucho. Vieron algo raro, encontraron manchas en los pulmones. Más pruebas, y luego el diagnóstico fatal. Una enfermedad de la que jamás me sentí enfermo. Me enteré sólo con el tiempo suciente  para despedirme del mundo.  –Habrá sido un golpe para…  –Para todas. Si debo serle sincero, Solange se quedó conmigo por mi virilidad. Me hubiera gustado que se enamorara, como yo lo estuve. Pero no.  –Como usted lo estuvo… ¿No lo está más? –Es una larga historia y a estas alturas preero ya ni complicarme pen -sando en eso.El Croata se quejó de dolores en todo el cuerpo, dijo que estaba can-  Letral, Número 2, Año 2009  101  El Croata  Edmundo Paz Soldán sado pero que no estaba dispuesto a rendirse. Le di una palmada en la es - palda, le dije que era un paciente modelo, todos debían tener su fortaleza. Esbozó una sonrisa desganada.  –Preferiría no tener fuerzas pero sí diez, cinco años más. Incluso me contentaría con tres. Bah, uno sería suciente. Esa noche me quedé pensando en el orgullo con que había hablado de su “virilidad”. ¿Era así? Quizá él podía darse ese lujo ahora, soñar con que una mujer se quedaba a su lado por esa razón o proclamar esa certeza con vanagloria de macho. Pensé en mis repetidos fracasos con las mujeres, la forma en que se escabullían de mí, mi timidez invencible, mis palabras temblorosas. Quizá en el fondo por eso me interesaba el Croata: no por su  pasado de leyenda del fútbol sino por su fama de mujeriego, la forma en que la defendía incluso en el pabellón nal. Porque ya no había virilidad que defender y sin embargo allí estaba, incapaz de rendirse a aquel otro mundo que venía a su encuentro.Un mediodía lluvioso en que el Croata comía en la cafetería de cristales empañados con Teresa y su hijo, vimos llegar a Solange. Tenía un vestido corto, botas negras y medias largas que le cubrían los muslos, un cinturón de tachuelas y las uñas de las manos pintadas de azul. Venía cerrando el pa -raguas, tenía la cabellera mojada, se le notaba como nunca el pelo teñido. De manera instintiva tratamos de seguir con nuestro almuerzo, mirar al plato y no dejar huir el tema de la conversación, pero nuestras miradas hacían escala furtiva en la mesa donde se encontraba el Croata con su fa-milia. Solange se acercó al Croata, le dio un leve beso en los labios. Luego inclinó la cabeza en dirección a Teresa, como aceptando su presencia, y Teresa hizo lo mismo. Solange se sentó al lado del niño, las manos opri-miendo la cartera de cuero. No sentía relajadas a la rubia y a Teresa, pero sí con la intención de no dejar que nada, ni siquiera la situación más atroz,  perturbara los últimos días del Croata. Admiré su capacidad para aceptar que había algo que las superaba, su deseo de estar a la altura de la situa- ción. En el lugar de ellas, yo no hubiera sido capaz. O quizá sí: la cercanía de la muerte era capaz de torcer nuestras convicciones más profundas.La familia –porque al nal del almuerzo, a la rubia también la veíamos como parte de la familia– se marchó hacia la habitación del Croata. Mien-tras él hablaba con su hijo y le acariciaba el pelo, Solange y Teresa venían detrás de ellos, conversando despreocupadas, incluso con risas. ¿De qué hablarían? ¿De su pronto futuro de viudas paralelas? O quizá todo era más  prosaico e intercambiaban consejos para adelgazar, lugares en la ciudad donde ofrecían las mejores manicuras, la recomendación de una serie en la tele de la que estaban enganchadas.Esa noche, después de dejarle la cena al Croata, me retiraba de la habi-  Letral, Número 2, Año 2009  102  El Croata  Edmundo Paz Soldán tación cuando escuché su voz. Me sorprendió, lo había creído dormido.  –Sé lo que todos están pensando, Juan. Pero las cosas no son como  parecen. Sólo he tratado de hacerme caso a mí mismo. No siempre uno  puede ser leal. Si uno es leal con el pasado, es a costa de ser desleal con el  presente, y al revés. Yo fracasé y…  –No diga eso que nadie se lo cree. Usted llegó a la selección nacional. –Hubiera querido jugar en el exterior. Ésa es la medida de mi fracaso, y eso al nal es lo que cuenta. Lo que creemos nosotros. No pude conmigo y no pude con nadie. Me puse insoportable, me dediqué al trago y a las mujeres. Y ella me dejó. –Es entendible, lo de ella. –Pero no la olvidé. Y por eso fue que no pude divorciarme. Me había ido, pero de alguna manera retenía algo suyo al no divorciarme. Mire mi anillo, tóquelo. ¿Lindo, no? –Lindísimo –toqué esa sortija de oro que no era diferente a tantas otras–. Estará feliz ahora. Pocos tan afortunados como usted, con dos per  -sonas que lo quieren, dispuestas a acompañarlo.  –La enfermedad, la muerte, provocan piedad. Pero no en todas. Y la felicidad es un sentimiento muy simple.En su rostro demacrado se instalaba, victoriosa, la derrota. Era un ser inconsolable, alguien que a pesar de la compañía durante el día se debatía con su pasado y era incapaz de perdonarse. Me hubiera gustado abrazarlo, decirle que no fuera tan duro consigo mismo. Pero, ¿qué sabía de él en verdad? ¿De todo aquello que se agitaba en su maltrecho interior?Antes de cerrar la puerta me di la vuelta para verlo. No se dio cuenta que lo observaba, buscaba a tientas algo en su velador, quizá el crucigrama del día en el periódico (revisaba todas las secciones excepto la de depor-tes). Eran gestos patéticos de ciego, o mejor: de alguien que a pesar de tener los ojos bien abiertos ya no ve nada de valor en torno suyo. Tanta indefensión, me dije. Ya ni siquiera era un fantasma. Ahora sí: el Croata ya se había ido. El cuerpo quebrado no tardaría en hacer lo mismo.Esa fue la última imagen que tuve de él vivo. Murió en la madruga-da. Temprano por la mañana, Teresa y Solange fueron contactadas por el hospital y vinieron a despedirse del cuerpo y hacer los arreglos para el velorio y el funeral. Cuando entré a la habitación, Solange acomodaba las  pertenencias del Croata en un maletín con una actitud solemne, como de mujer de negocios; Teresa consolaba a Solange mientras hablaba con voz rme por el celular, dando instrucciones, preparando la digna retirada. Me  pregunté dónde se habría quedado el niño. Me acerqué a la cama. Con los ojos cerrados, el Croata parecía al n en  paz. Las arrugas en las mejillas se le marcaban más que antes, como si la enfermedad, una vez terminada su labor, hubiera cedido su lugar brusca-  Letral, Número 2, Año 2009
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