Muñoz Molina, Antonio - Cuando Onetti: fragmentos de un libro futuro

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  30 Cuando Onetti: fragmentos de un libro futuro  Antonio Muñoz Molina 1 Un hombre camina solo por Buenos Aires, entre el tráco y la gente, atur  - dido por las luces, mirando a las mujeres, imaginando cosas. Se llama Víctor Suaid o Baldi, pero su actitud hacia el mundo es la misma: un golpe de viento frío, al cruzar la avenida, le basta para imaginarse que no está en Buenos Aires, sino en la Alaska de Jack London, o en un noticiario cine- matográco en el que aparece el zar Nicolás II. Los carteles de los cines, las luces de las tiendas, los letreros deslizándose con titulares luminosos de noticias, se yuxtaponen en su percepción mediante una técnica de co - llage y de montaje instantáneo que tiene mucho que ver con el  Manhattan Transfer   de John Dos Passos. Suaid, como Baldi, se ve a sí mismo desde fuera, como en una película: desde lo alto, en contrapicado, la cara ocul - ta por el sombrero, como un gangster en blanco y negro de la Warner, o como ese caminante solitario y nocturno del grabado de Hopper. La mera exaltación física de estar vivo en medio de la ciudad despierta una expec - tativa de promesas que la vida no puede satisfacer. En el espacio entre la esperanza de algo no del todo formulado y la segura decepción establece el ensueño su soberanía. El ensueño solitario y gratuito, la mentira conta - da por gusto y escuchada con rendida convicción. “Diagonal-Avenida de Mayo-Diagonal”, el primer cuento publicado de Onetti, contiene todavía torpezas de estilo, pero en “El Posible Baldi”, que es sólo de dos años más tarde, está Onetti entero, el héroe indolente que imagina y cuenta mentiras, la mujer enferma de literatura que quiere escucharlas y se deja hipnotizar  por el romaticismo embustero y canalla de un desconocido. 2 Una cita, anotada en una cha de cartulina: “Mientras yo permanezco adolescente, calmo, interesado en lo que im -  porta, bondadoso y humilde por indiferencia y por la asombrosa seguri - dad de que no hay respuestas, ella, mi cara, ha envejecido, se ha puesto amarga y tal vez esté contando o inventado historias que no son mías sino de ella”.  Letral, Número 2, Año 2009  31 Cuando Onetti: fragmentos de un libro futuro  Antonio Muñoz Molina 3 Onetti es una biografía precisa y un cierto número de libros, y también una leyenda y una idea de la literatura. Onetti es una fotografía y un nombre que se desdoblan en caras sucesivas, en posturas y gestos que recuerdan los de un actor de cine de los años cuarenta, de un personaje cinematográ - co de esos años: también es el eco, la resonancia de esa gura visible en las guras invisibles de los protagonistas de sus historias, o de los onettis diversos que suministran las voces de su leyenda, los testimonios sobre episodios de su vida. El propio Onetti, en lo que decía y en lo que callaba sobre sí mismo, fue uno de los autores principales de su leyenda, y puede que no sólo a efectos literarios, sino sentimentales, o porque segregaba literatura aunque no estuviera escribiendo, o porque su principal fuente de inspiración era él mismo, la fábula y la mixticación de sus ensoñaciones, de sus deseos.Onetti, tan pudoroso en su vida, se disuelve en su literatura, y siendo sobre todo un escritor es también un escritor camuado, secreto, muy lejos del endiosamiento complacido del último Borges, sin la propensión a con - vertirse en guras públicas que han tenido tantos escritores latinoamerica - nos, muchos de los mejores y de los peores, procónsules de sus países o del continente entero. Quizás no haya habido en América Latina un escritor tan socialmente al margen como Juan Carlos Onetti, tan apartado del brillo  político o de la robusta profesionalidad de esos literatos que han llegado a ser embajadores, ociales u ociosos, candidatos presidenciales, conseje - ros y amigos de los poderosos, huéspedes de los tiranos. Juan Rulfo, que se le parece en la reserva, gozó toda su vida en México de una posición o - cial, no muy relevante, pero sí muy sólida, circunstancia nada desdeñable en países donde lo muy restringido del público lector difícilmente permite a los escritores un cierto desahogo profesional.Onetti, en rigor, no llegó a casi nada en la vida: como máximo a di - rector de la biblioteca pública de Montevideo. No llegó a terminar el ba - chillerato y pasó una parte de su vida haciendo trabajos ocasionales y mal  pagados, en el lo de la supervivencia. El suyo parecía un destino de os - curidad. Empezó a publicar casi al mismo tiempo que Borges, que era diez años mayor que él, pero su notoriedad permaneció restringida a pequeño grupos de amigos y devotos lectores provinciales, y los jurados de los pre - mios tendían a dejar sus libros en el segundo o en el tercer puesto. Onetti, en Argentina y en Uruguay, fue el segundón de mediocridades que se han  borrado con el tiempo, el underdog, como dicen en Estados Unidos, el que se queda atrás aunque está a punto de brillar y parece que va a tener que resignarse para siempre a una posición oscurecida y subordinada. En 1966 obtuvo uno de sus casi éxitos o casi fracasos más decisivos. Quedó  Letral, Número 2, Año 2009  32 Cuando Onetti: fragmentos de un libro futuro  Antonio Muñoz Molina nalista de un premio, como tantas veces, el  Rómulo gallegos , pero esta vez quien lo ganó no fue una gura mediocre, pesajera y local, sino Mario Vargas Llosa, a quien le premiaron  La Casa Verde . Un fracaso honorable. Pero Vargas Llosa, lector apasionado e íntegro, convirtió su discurso de agradecimiento por el premio en un homenaje a Onetti.Es más fácil ser magnánimo cuando se recibe todo, cuando a una edad temprana uno alcanza no sólo lo que más deseaba, sino lo que no había sa -  bido desear. Es más fácil, pero no siempre sucede. También se puede tener todo el éxito del mundo y al mismo tiempo ser un resentido, un envidioso avinagrado por la codicia de lo que obtienen otros. En 1966 Mario V. Llosa tenía 30 años, pero Onetti tenía ya 55, y aunque había escrito algunas de las novelas en español más valiosas del siglo –   La vida breve ,  Los adioses ,  El astillero ,  Juntacadáveres–   ni su nombre ni los títulos de sus libros esta-  ban en el repertorio de lo que ya estaba llamándose el boom  de la literatura latinoamericana. Carpentier, Cortázar, Fuentes, V. Llosa, Borges, García Márquez, brillaban mucho más que él. Los escritores de América llevaban vidas internacionales, se colocaban de profesores visitantes en los Estados Unidos, se celebraban los unos a los otros en congresos, se veían acogidos en Europa con una admiración no despojada por completo de colonialismo, de la fascinación por el exotismo y el plumaje. Onetti seguía en Montevi - deo, viviendo y escribiendo un poco a la manera de su adorado Faulkner, al margen del éxito y de las capitales del mundo. En 1927, cuando su tercera novela fue rechazada por los editores, Faulkner, desalentado y en quiebra, encontró dentro de sí mismo la fuerza necesaria para escribir lo que le daba la gana como si el mundo exterior no existiera, como si no contara nada más en el mundo que su pasión por escribir y el hechizo de una historia o de una imagen que estaba entre la ensoñación y el recuerdo, una niña que trepa por una rama para asomarse a la ventana de una habitación en la que alguien ha muerto, una tarde invernal de mucho frío.Una determinación parecida intuye uno al leer algunas páginas de Onetti: una ternura demasiado honda, un estremecimiento demasiado po - deroso como para que puedan expresarlo las palabras comunes y triviales, las trampas habituales de la literatura. Decía él, con sorna y descaro: “Lle - vo toda la vida plagiando a William Faulkner”. Pero eso que él llamaba  plagio no era un robo, sino un acto de fervor y lealtad, un homenaje en el que quien lo hace compromete sin vuelta atrás y sin remedio su propia vocación. 4 Hay artistas tan singulares, dice Woody Allen, que no inuyen a otros, que no pueden dejar escuela ni discípulos. Él menciona como ejemplos  Letral, Número 2, Año 2009  33 Cuando Onetti: fragmentos de un libro futuro  Antonio Muñoz Molina a Thelonious Monk y a Luis Buñuel. Onetti pertenece a esa categoría. Bastan dos notas de piano, una sola, pulsada de una cierta manera, para saber que es T. Monk quien está tocando. Onetti se encuentra íntegramente en cada línea suya, como el ADN está completo en cada una de las células del cuerpo. Onetti es tan Onetti no ya en cada frase o línea, sino en cada adjetivo, en su cadencia, en su deje, que parece fácil imitar su estilo. Y sin embargo, lo sé por experiencia, la imitación siempre fracasa convertida en caricatura imperdonable. La música de Onetti hechiza como casi ninguna otra en el español literario del siglo XX, pero es una música que sólo él  puede tocar. Y sin embargo es tan infecciosa que después de leer una pági - na de Onetti el joven lector entregado escribe sin darse mucha cuenta que - riendo imitarlo, y el resultado es lamentable, una impostura pavorosa, casi más todavía que los borgesismos de los imitadores de Borges. También lo sé por experiencia. 5 La felicidad inesperada y sin motivo, la plenitud de la experiencia física, suceden con frecuencia en las historias de Onetti. En “El posible Baldi”, el  protagonista se acuerda de una mujer a la que besó la noche anterior: “Sin - tió de improviso que era feliz; tan claramente que casi se detuvo, como si su felicidad estuviera pasándole al lado, y él pudiera verla, ágil y rme, cruzando la plaza con veloces pasos”.Hay una plenitud breve, intensa, que se pierde en seguida, y que debe a su fugacidad una parte de su gracia: gracia en un sentido casi teológico,  bendición de inocencia. Baldi piensa en el adiestramiento necesario “para envasar la felicidad”. Y especula sobre la fundación de una posible Acade - mia de la Dicha, que imagina con un vanguardismo arquitectónico de los años treinta, “un audaz edicio de cristal rodeado de un ciudad enjardina - da”. En la felicidad puede intervenir el recuerdo o la presencia de alguien, una mujer, pero es una sensación solitaria, percibida y goza en secreto, al lo de la pérdida o junto al acecho de la corrupción. 6 Onetti, al que consideran tan desalentado, tan sombrío, siempre que recor  - daba la infancia estaba invocando un paraíso: “Sí, mi infancia fue feliz. Mis padres se querían mucho. Una vez recuer  - do haberles abierto una cajita negra, con llave, donde guardaban las car  - tas de amor. Mi padre era un puritano, un hombre serio en cuya presencia no podía aludirse a nada sexual. Bueno, las cartas de aquella cajita eran  Letral, Número 2, Año 2009  34 Cuando Onetti: fragmentos de un libro futuro  Antonio Muñoz Molina la imagen más contraria de la que mostraba mi padre: la expresión abso - luta del amor, de la pasión.”“El hombre que no conserve algo de la infancia nunca podrá ser total - mente amigo mío”.“De chico era mentiroso y hacía literatura oral con los amigos: cuentos de casas hechizadas, gente que no existía y yo contaba que había visto”.“Yo no fui pobre, fui feliz”.“Era muy niño cuando descubrí que la gente se moría. Eso no lo he olvi - dado nunca; siempre está presente en mí”.“Mi principal fuente literaria en la infancia fue el Eclesiastés”. 7 Los héroes de Onetti tienden a ser soñadores ambiciosos, pero incompe - tentes, con una propensión llamativa a la planicación detallada y al fra - caso, con una especie de utopismo que igual puede ser de gran empresa capitalista que de reforma social. Baldi sueña su Academia de la Dicha que se parece a los proyectos urbanos de Le Corbusier y de la Bauhaus. Larsen,  Juntacadáveres , viaja a Santa María para cumplir su utopía de un prostíbulo perfecto, y cuando vuelve, años más tarde, después de su humillación y su derrota, se ve enredado en el sueño de otro lunático ra - cional, el astillero de Jeremías Petrus, que decae entre la humedad y el óxido, los planos y los libros de contabilidad tirados por los suelos, los ventanales con cristales rotos. Bob, el hombre joven y jactanciosamente incorruptible del cuento que lleva su nombre, “Bienvenido, Bob”, también tiene proyectos de urbanismo ilustrado. El centro del universo inventado de Onetti es el mayor proyectista de todos, Juan María Brausen, que planea confusamente un guión de cine del que no llega a escribir ni una palabra y que probablemente no le pagarían si llevara a escribirlo, pero que concibe un universo entero, la ciudad de Santa María, su topografía y los paisajes de sus alrededores, su agricultura, su comercio, sus cafés, un periódico, el registro civil de sus habitantes. 8 Onetti encuentra mucho antes su tono personal, su estilo, en el cuento que en la novela. Quizás en la distancia larga es más fácil perderse. Su pri -  Letral, Número 2, Año 2009
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