La filosofía moral de Ronald Dworkin

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   1  La filosofía moral de Ronald Dworkin. Introducción Ronald Dworkin, fue un filósofo del derecho con una perspectiva muy amplia. El alcance de su obra excede lo que suele denominarse el análisis del concepto de derecho y la posible conexión entre el derecho y la moral. Dworkin ha tratado esas dos cuestiones con mucha profundidad e inauguró una concepción distinta a la tradición  positivista del derecho como la que venía del pensamiento de Austin, Hart y aun de Kelsen, aunque éste autor fue poco tratado por él. Su concepción del derecho con la crítica que le hiciera a la teoría del derecho de Hart, se centró claramente, como el mismo lo adujo, en un ataque al positivismo jurídico. En realidad, nuestro autor, abarcó una infinidad de problemas vinculados con la filosofía política y moral. Su concepción del derecho como integridad es el resultado de sus presupuestos que él desarrolla e indaga en lo que creo no equivocarme ha sido su concepción de la filosofía moral, la que abarca el fundamento filosófico de la moral y sus concepciones sobre la justicia, los derechos y la democracia. En este trabajo me concentraré en aspectos de su obra que se vinculan de manera  particular con su visión de la filosofía moral limitada en gran parte a los fundamentos de la moralidad. En un trabajo anterior me ocupé de su obra vinculada al concepto de derecho o a lo que el autor entendía debía ser análisis conceptual de derecho con un fuerte sesgo interpretativo. Pues su análisis del derecho no puede escindirse de su concepción sobre la moral y la política. Llegaré a la conclusión de que si bien su teoría es falible, apunta a definiciones categóricas sobre lo que piensa en el plano de la moral.  No ha obrado con indulgencia en su desafío al positivismo jurídico y con el fin de mantener sus principales tesis inauguró un nuevo ataque dentro de la filosofía moral a fin de socavar la metaética por su visión arquimédica de manera coherente con su objetivo que era el de demostrar que el derecho depende en cuanto a su legitimidad de la moral. En una de sus últimas obras Dworkin 1  afirma que la moralidad política depende de la interpretación y la interpretación depende del valor. En cuanto a los valores asume una postura objetivista, sosteniendo que se puede creer que algunas instituciones son 1  Justice for Hedgehogs. Belknap Harvard.2011   2injustas y que determinados actos o acciones humanas también de la misma manera son realmente injustas. No importa cuantas personas consideren que no lo son. Afirmaba el  profesor Dworkin que el punto de vista contrario es el que predomina. Sostenía que a una gran cantidad de filósofos y a la gente en general les parece absurdo suponer que existen valores “ahí afuera” en el universo o que están esperando ser descubiertos por seres humanos que poseen alguna misteriosa facultad del conocimiento para aprehender esos valores. Esta postura a la que se refiere sostiene que no hay verdades objetivas acerca de los valores que sean independientes de las creencias o actitudes de las  personas que juzgan esos valores. Esto significa que las afirmaciones en cuanto a lo que es justo o injusto, correcto o incorrecto, santo o malvado, son nada más que expresiones de actitudes, emociones, o recomendaciones para que otros las sigan. No habría más que compromisos personales que ellos suscriben o propuestas constructivas que sirven como guías para sus propias vidas o para la de los demás. Esto no significaría para aquellos que adhieren a esa tesis o puntos de vista que adopten una posición nihilista o pesimista. Ellos pueden vivir perfectamente una vida más responsable, si se abandona el mito de la objetividad de la existencia de valores independientes, admitiendo que los valores expresan actitudes o compromisos. En esta cuestión esta concepción de los valores, según Dworkin, parece tener en cuenta más la vida privada que la vida pública. Dworkin remarca aquí una diferencia, pues piensa que si bien la vida privada tiene su propia esfera, siempre debe estar presente nuestra dignidad y no siempre está vinculado exclusivamente a lo que nosotros pensemos que debemos hacer. Pero en  política este escepticismo sobre los valores es incorrecto. La política es coercitiva y de ello deviene, según el autor, que debemos posicionarnos como ciudadanos o responsables del gobierno y esta forma de posicionarnos implica que los valores o  principios que fundamentan nuestra actuar o cuando votamos son objetivamente verdaderos. De esta manera afirma que no es suficiente ni para un funcionario o individuo que indistintamente toma decisiones de gobierno o en el caso del individuo particular que vota, que la teoría de la justicia por la cual actúa solamente le plazca, o que ella expresa sus emociones o actitudes o que ella es apta para sus planes de vida. Tampoco es aceptable que los principios políticos sean extraídos de la tradición de la nación y que no reclaman ni necesitan reclamar verdades morales. Entiende que la historia de cada nación y la política contemporánea es un caleidoscopio de principios conflictivos y muchas veces de cambios en determinados prejuicios, lo que realmente corresponde es   3interpretar la tradición de forma tal de que de sus raíces asomen asunciones de lo que es realmente verdadero. Dworkin afirma que no se puede defender una teoría de la justicia sin defender como parte de la misma empresa, una teoría de la objetividad moral. Sostiene enfáticamente que es irresponsable hacerlo sin tal teoría. Ello lo lleva a formular un  punto de vista radical que defiende como parte de la empresa que encara: No se puede defender una teoría de la justicia sin defender simultáneamente “ la independencia   metafísica del valor  ”. 2  Existe – nos dice – una idea familiar, perfectamente ordinaria, que algunos actos – torturar a los bebés por diversión – es malo en sí mismo, no porque la gente piense que ello es malo. Ello sería malo aún si increíblemente nadie pensara esto. Dworkin, supone que mucha gente puede no creer en esto que alguna forma de subjetivismo moral explica mejor el estatus de los valores en el mundo. La mayoría de los filósofos morales piensan, por el contrario, que la idea de pensar en esa independencia del valor, nos conduce a afirmar que existen verdades morales fuera de nuestra mente. Entidades o propiedades quiméricas “ahí afuera” que están además afuera de la misma moralidad. Esta suposición es para Dworkin infundada, pues pre- supone una colonización del discurso moral por las embajadas y tropas del la ciencia  para gobernarlo adecuadamente. Esto los lleva a adoptar una posición  anti-realista,  frente a aquellos que sustentan un  posición realista en moral  y según nuestro autor tratan de sostener sí   la existencia de entidades misteriosas, algo así como una interacción entre ciertas  partículas morales y nosotros mismos. Él piensa que ambas posiciones se evaporan cuando nosotros podemos tomar la independencia de los valores seriamente, esto supone que no es necesario reconciliar una visión teorética y práctica, como no es necesario reconciliar, por ejemplo, los hechos físicos acerca de un libro o los hechos  psicológicos de su autor, con la interpretación de la poesía que ignora ambos aspectos. La premisa básica de la que parte Dworkin en el desarrollo de su concepción de la filosofía moral es la siguiente: La única manera inteligible de entender la independencia de un juicio moral es un argumento moral, mostrando que podría ser verdadero aun cuando ninguna persona pensase que lo es. Sólo otro argumento moral se  podría oponer a ese juicio y también debería ser moral. Por ende, esto significa que aquellas teorías que vinculan con el conocimiento moral, la responsabilidad y el 2  Ibíd.; p.9   4conflicto moral debe ser extraídas desde dentro de la moralidad y son en sí mismos  juicios morales. De zorros y erizos. La premisa central de la que parte Ronald Dworkin es que existen dos visiones en el mundo en torno a los valores. Él defiende una de ellas que es la unidad del valor  . Asigna, utilizando una línea de ideas inaugurada por el poeta griego Arquíloco y continuada por Isaiah Berlin, al erizo esa pretensión. Pues el erizo conoce sólo una gran cosa, mientras que el zorro conoce muchas cosas y no necesariamente conectadas en un sistema coherente. Al sostener la unidad del valor cree Dworkin que los valores dependen los unos de los otros, a diferencia de aquellos que sostienen una fragmentación de los valores. Que esa fragmentación de los valores comprobada históricamente, como la  piensa Isaiah Berlin, puede ser revisada desde la filosofía política, señala Dworkin. 3  Los valores de la libertad y de la igualdad pueden chocar como Dworkin advierte en el  pensamiento de Berlin, esto no significaría para este último autor de que uno de ellos sea verdadero y el otro falso. Ambos valores, según el propio Berlin, son perseguidos  por la humanidad desde varias centurias. Pero nos dice: “La total libertad de los lobos implica la muerte de los corderos”. Esta expresión muestra la colisión de los valores como la esencia de lo que ellos son y de lo que nosotros somos. Berlin considera que esas contradicciones pensando en un mundo perfecto, algunos entienden, que pueden ser armonizadas, pero esto le parece idílico. Para él un mundo donde todos los grandes  bienes coexisten no sólo es imposible de obtener sino conceptualmente incoherente. Siempre estamos condenados a elegir y cualquier elección supone una pérdida irreparable. Dos grandes bienes en colisión no pueden coexistir. La respuesta de Dworkin a Berlin, es que él concibe la posibilidad concreta de formular una postura robusta que llevaría sin inconvenientes a la unidad de los valores. Reconoce, sin embargo, que una propuesta unitaria en torno a los valores, como la del erizo, entraña grandes peligros. En nombre de la unidad de los valores en un sistema armonioso y trascendental se llega a justificar tiranías y los más grandes crímenes. Pero  piensa que en un sistema conflictivo de valores no es posible defender la elección de 3  Ronald Dworkin;  Do liberal values conflict?  En “The Legacy of Isaiah Berlin. New York Review Books.2001   5uno de ellos como la elección correcta. Los sacrificios en este caso son inevitables y de esa manera millones de personas en un país no pueden llevar vidas decentes. Ello se advierte cuando en nombre de la libertad no se aumenta la carga impositiva necesaria  para corregir o disminuir la pobreza y otras malas consecuencias de las desigualdades de ingresos y riquezas. La tesis de Berlin es sofisticada, según Dworkin, pues admite que existen valores objetivos, pero estos generan conflictos irresolubles sobre la verdad y sobre ella no se ponen de acuerdo. Así manifiesta que en la denominada era  postmodernista, algunos académicos consideran a los valores liberales o fundamentalistas, como puramente subjetivos resultados de emociones o creaciones sociales y que considerarlos como verdaderos representa un verdadero error filosófico. 4  La visión de Dworkin consiste en aceptar la propuesta de la unidad del valor y la conciliación de aquellos valores que aparentemente entran en colisión. Son estos grandes valores que parecen inconmensurables los que pueden dentro de una concepción liberal democrática y constitucional alcanzar dentro del pluralismo un consenso entre quienes disputan. Berlin estaba influido por las circunstancias históricas de la mitad de los `50 del siglo pasado por lo que era escéptico en esa posibilidad. Pensaba sin duda en la vigencia del estalinismo y en que el cadáver del fascismo todavía “emitía su hedor”. Dworkin entiende que en esta época el peligro se yergue por los efectos del pluralismo: la visión del zorro, según su idea, que socava el consenso y da lugar al conflicto permanente. La libertad, según la pensaba el propio Berlin es la libertad frente a la interferencia de los otros que impiden hacer todo aquello que uno desea hacer. Pero apunta Dworkin que de esa manera se piensa en la libertad del zorro y la muerte del cordero. Pues ese pensamiento lleva a que hasta una mínima pretensión de igualdad es conflictiva con la libertad. Dworkin piensa todo lo contrario: “la libertad debe ser entendida como la de hacer todo aquello que usted quiere hacer en tanto usted respete los derechos morales, correctamente entendidos de los otros. La libertad supone que usted puede hacer cualquier cosa con su propiedad siempre que su deseo se mantenga dentro de lo correcto. Pero su libertad no incluye la libertad de tomar el control de los recursos de los otros o dañarlos de manera que usted no tiene derecho a hacerlo” 5   4  En este sentido pienso que la explicación de Dworkin no es correcta. Pues las versiones fundamentalistas creen y consideran los valores que sustentan como verdaderos, aunque no puedan corroborarlo. Ello es lo que los lleva a imponerlos mediante la coerción. 5  Ibid. nota 3. La traducción me pertenece.
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