El indio ecológico Diálogos a través del espejo

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  El indio ecológico Diálogos a través del espejo Óscar Calavia Sáez E  n 1854, el gobierno norteamericano propuso a los Suquamish, tribu indígena de la costa noroeste, la compra de buena partede sus tierras. El episodio poco tendría de memorable si no fuese por el discurso que Seattle, el viejo jefe, pronunció en respuesta.Cada una de sus frases se ha convertido en un proverbio del movi-miento ecologista, se ha visto reproducida en carteles o camisetas,glosada en libros de enorme éxito editorial y aclamada por iglesias progresistas americanas como palabra de un quinto evangelio: El presidente, en Washington, nos avisa que quiere comprar nues- tra tierra. Pero, ¿cómo podéis comprar o vender el cielo, la tierra?Esa idea nos es extraña. Si no poseemos la frescura del aire o el des- tello del agua, ¿cómo podéis comprarlo?... ¿Enseñaréis a vuestroshijos lo que hemos enseñado a los nuestros: que la tierra es nuestramadre? Lo que le ocurre a la tierra les ocurre a todos los hijos de la tierra... Eso sabemos: la tierra no pertenece al hombre, es el hom-bre el que pertenece a la tierra. Todas las cosas están conectadas co-[ 27]  mo la sangre que nos une a todos. El hombre no teje la red de la vi-da, es sólo una hebra suya... El jefe Seattle supo mejor que nadie sintetizar ese abismo quesepara dos modos de relación con el medio ambiente: el diálogo yel equilibrio característico de los pueblos autóctonos, la conquista y la dilapidación emprendidas por la sociedad occidental. Hay unsolo inconveniente en ese quinto evangelio: es apócrifo.  El indio ecológico El discurso de Seattle –de cuyas variantes y contexto se puedeaprender bastante en el libro  Answering Chief Seattle , de Albert Furt- wangler– fue escrito en 1970 por un guionista de cine, Ted Perry, para un documental ecologista convenientemente titulado  Home .En 1854, sí, el gobierno estadounidense hizo su propuesta de com- pra, y el jefe Seattle su discurso; pero todo lo que de él queda es unresumen publicado muy posteriormente, en el número de 29 de oc- tubre de 1887 del Seattle Sunday Star , por un tal Henry A. Smith,que había estado presente en la ocasión, y que, muy impresionado por las palabras y la presencia del viejo orador, tomó algunas no- tas. Lo que dice Seattle-Smith se parece muy poco a lo que dice Seattle-Perry. En algunos puntos importantes dice exactamente locontrario. Como todos los autores de apócrifos, Perry no creó de lanada: interpoló sus propias palabras en el viejo discurso; o mejordicho, considerando la proporción, interpoló algunas frases trun-cadas de aquél en un texto totalmente nuevo. Eficaz escritor, perono etnólogo ni geógrafo, cometió algunos errores de detalle –el máscomentado, poner elegías a los bisontes muertos en boca de un je-fe indígena de la costa noroeste, al que los bisontes no debían evo-carle gran cosa– y sobre todo ordenó el discurso en torno de una Ó SCAR  C   ALAVIA S  ÁEZ 28  ontología que para el orador tenía probablemente muy poco senti-do: la Tierra es una madre común de todos los seres, y así los ríos,los bosques, los antílopes o las águilas son nuestros hermanos; Dioses un padre común, lo que hace de indios y blancos hermanos tam-bién. En la versión Smith, el jefe Seattle elogia la oferta guberna-mental, que le parece razonable ya que, derrotados y reducidos aun puñado, los indios no tienen ya derechos ni necesitan de mucholugar. Nada de madre tierra, de fraternidad universal o gran redque conecta a los seres, o de Dios común: ¡Vuestro Dios no es nuestro Dios! ¡Vuestro Dios ama a vuestro pueblo y odia al mío! Él abraza con sus fuertes brazos protectoresal rostro pálido y lo lleva de la mano como un padre lleva a un hijo pequeño. Pero ha olvidado a sus hijos rojos, si es que realmente sonsuyos. Nuestro dios, el Gran Espíritu, parece habernos desampara-do también... somos dos razas diferentes con orígenes distintos ydestinos distintos. Hay poco en común entre nosotros. Eso sí; el jefe Seattle advierte que todo es pasajero, y que así El tiempo de vuestra decadencia puede estar lejos, pero llegará, concerteza, porque incluso el hombre blanco cuyo dios habló y anduvocon él como un amigo al lado de su amigo no puede estar exento delcomún destino. Podemos ser hermanos después de todo. Muy bien, ¿y qué? Aunque lo apócrifo del discurso de Seattle-Perry haya sido suficientemente difundido en la prensa y en Inter-net, aunque los adversarios del ecologismo en los EEUU lo hayanesgrimido con malicia, aunque el propio Perry parezca arrepentidode su hazaña y se muestre adverso al papel excesivo que la inven-ción de la historia se reserva en la historia sin más (Perry es ahora profesor en Vermont), aunque algunas de las páginas-web que di-funden la versión Perry tengan el cuidado de advertir a sus lecto- 29D IÁLOGOSATRAVÉSDELESPEJO  res de toda esta trama, es muy improbable que frases como las ci- tadas al inicio dejen de ser divulgadas, y de ejercer su función dequinto evangelio. Los textos fundacionales del cristianismo –cuyalejanía temporal de la fuente es, por cierto, más considerable que laque separa el discurso de Seattle de su primera versión escrita –yafueron puestos en evidencia del mismo modo, con un escándaloque los años han apagado, y siguen siendo aceptados por muchoscomo verdad, y por muchos otros como fundamento de toda ver-dad posible. La historia no es propiedad de los historiadores; la verdad histórica no agota la verdad; o por decirlo de otro modo, unbuen apócrifo nunca consigue ser totalmente falso.El discurso apócrifo de Seattle es el enésimo eslabón de unalarga cadena de encuentros discutibles en que el hombre occiden- tal ha oído lo que esperaba oír del hombre  natural  . Natural, pri-mero –como en el ensayo de Montaigne sobre los caníbales Tupi-nambá– por ajeno a los artificios y las perversiones de la historia yla política; natural, después, y con densidad aún mayor, por fundi-do con la propia tierra, como lo pide nuestra nostalgia de la unidad perdida. El inconveniente de todas esas proclamas ha sido siempreel mismo: desconocemos el discurso srcinal. Sólo nos queda un texto indirecto en que sospechamos que el buen salvaje ha sidousado como un espejo: nos muestra, vestido de Otro, ese Yo que preferiríamos ser. Hoy en día, cuando la palabra Naturaleza apa-rece, por fin, en labios de portavoces indígenas con los que cabríaaclarar esa duda, sabemos que ya es demasiado tarde: ahora ellossaben lo que queremos oír, y lo dicen con nuestros conceptos, ennuestra lengua. En general, desconocemos la suya, y la homilíaecológica se ha convertido en moneda fuerte en las transacciones políticas entre los pueblos autóctonos y la sociedad global: tiene elmérito de atribuir a los indios una identidad al mismo tiempo dife-rencial y positiva, y no se renuncia así como así a un conjuro tan poderoso. Ó SCAR  C   ALAVIA S  ÁEZ 30   Economías alternativas  Antes de descartar sumariamente al indio ecológico, habría queexaminar con cuidado varias incógnitas importantes. La primera serefiere a la relación que los pueblos autóctonos mantenían, antes desu inserción forzada en el complejo colonial euroamericano, coneso que llamamos naturaleza. Las investigaciones a ese respectohan sido abundantes, y ricas en resultados no tan fáciles de inter- pretar.En los estudios de ecología cultural –no necesariamente identi-ficados con los propósitos del ecologismo ético-político– esa convi- vencia se reduce a limitación. Las formas culturales y sociales sonel producto de la adaptación a la finitud de los recursos: a la po-breza de los suelos agrícolas, o a la escasez de proteínas, por ejem- plo. La naturaleza es una madre, sí, mas una madre dura que obli-ga a sus hijos a sujetarse a un duro régimen, a no ser que consiganliberarse de ella mediante nuevas técnicas de explotación. La ca-rrera contra la escasez es tan disputada en la selva como lo ha sidoen paisajes más áridos y el indio ecológico es, simplemente, un lu-chador mal armado, abrumado por un medio natural que ultrapa-sa sus fuerzas. Pero ese pesimismo del materialismo ecológico se ha visto progresivamente cercado por estudios detallados que mues- tran que poblaciones indígenas recientes dedican muy pocas horasde su tiempo a esa desesperada lucha por la vida –reservando elresto a actividades no productivas– y mantienen la explotación delmedio ambiente muy por debajo de sus posibilidades agrícolas ocazadoras. Aparentemente, el trabajo denodado tiene más sentidocomo causa de la escasez natural que como respuesta a esta.Tampoco parece que el primitivo ecológico haya estado tan malequipado, y cada vez hay más evidencias de que, cualquiera quehaya sido el pacto que él haya establecido con la naturaleza, no seha debido a una fatal irrelevancia humana. La arqueología amazó- 31D IÁLOGOSATRAVÉSDELESPEJO
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