Díaz-Andreu, M. 1993-94. La Arqueología en España en los siglos XIX y XX. Una visión de síntesis. O Arqueólogo Português 11/12: 189-209.

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Resumen Este artículo pretende sintetizar de una manera crítica el discurrir de la arqueolo­gía en España, en concreto en lo que se refiere a la etapa en la que ésta se con­vierte en una disciplina profesional y se desarrolla como tal, es decir, los

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  La Arqueología en España en los siglos XIX y XX. Una visión de síntesis Margarita Díaz-Andreu* ResumenEste artículo pretende resumir de una manera crítica el discurrir de la arqueolo gía española, en concreto en lo que se refiere a la etapa en la que ésta se con virtió en una disciplina profesional y se desarrolló como tal, es decir, los siglos  XIX y XX. Instituciones, contactos con otros paises o el nivel técnico o teórico de la arqueología en cada una de las épocas son varios de los factores en los que se incidirá en este trabajo. Se procurará además incluir nombres de arqueó logos destacados, aunque esto quizá lleve a la minimización de otros (y otras) que también tuvieron un papel importante pero silencioso. Se terminará alu diendo a la necessidad de investigaciones historiográficas a menor escala. Abstract This article aims to give a critical ovewiew of Spanish arehaeology. The nine-    teenth and twentietb centuries, the period in whicb arehaeology developed as a     professional discipline, will he analysed. In each of the phases factors such as ins-    titutions, relations uñth other countries, the technical and theoretical leveI ivill be    discussed. I will refer to the best knoum archaeologists, thus unfortunately hiding    the work of others who had a silent, but important, role in arehaeology. I will    Jinish my essay pointing to the need to undertake new detailed historiographic    research. * Department of Arehaeology. University of Durham. Reino Unido.   O Arqueólogo Portugués, Serie IV, tl/12, 1993-1994, [>. 189-209■  Margarita Díaz-Andmt - La Arqueología en lispaná en los siglos XIXy XX. 191 En estos últimos años el número de publicaciones sobre la arqueología en España ha crecido de manera considerable. Es cierto que existen razones de tipo práctico que explican este aparente repentino interés (me refiero a la cada vez menor disponibilidad de fondos para llevar a cabo lo que tradicionalmente se ha considerado como “verdadera” arqueología, la que se centra en la excavación y en el análisis de los hallazgos en ella obtenidos), sin embargo el despertar histo- riográfico también ha ocurrido en países en los que los cambios administrativos no se han producido con la misma rapidez que en España. La mención a traba  jos escritos o fomentados por lo general por anglosajones y en menor medida franceses es prueba de que los historiógrafos no han trabajado aislados de su contexto europeo más cercano. Como en éste se percibe con cada vez mayor claridad la necesidad de realizar una historiografía crítica, de entender el marco sociopolítico del trabajo arqueológico. La historia de la Arqueología ya no se concibe como un listado de fechas y obras producidas, sino como una revisión de la forma en la que se logró profesionalizar el estudio del pasado basado en el análisis de sus restos materiales y como el estudio de cómo la relación activa que existe entre el individuo, sus identidades y su producción escrita influye en la arqueología llevada a cabo por aquéllos que nos han precedido en estos dos últimos siglos.Un tema sobre el que recientemente se ha centrado la atención de gran número de expertos, y en el que incidiré en varias ocasiones en este trabajo por considerarlo de extrema importancia para entender el nacimiento y desarrollo de nuestra disciplina, es el del nacionalismo. Explicaré el surgimiento de la arqueo logía como actividad profesional en el siglo XIX como consecuencia del progre sivo interés en decifrar la importancia de ciertos periodos en la formación de la nación. La función del arqueólogo en las primeras etapas de la institucionaliza- ción era, por tanto, patriótica, e incluso heroica en los casos de nacionalismos culturales a los que todavía no se les había reconocido su derecho a la indepen dencia - o autonomía - política. Creo que sin embargo los estudios sobre el nacionalismo y la arqueología, tras una primera etapa de generalizaciones, nece sitan ahora ahondar sobre las complejidades de cada situación. No es correcto considerar, como se ha hecho en general, que todos los arqueólogos y arqueólo- gas de una nación, por ejemplo Cataluña, piensan de la misma manera y hacen O Arqueólogo Portugués. Serie ÍV, 17/12, 1993-1994. [>. 189-209.  192Margarita Díaz-Andreu - La Arqueología en España en los siglos XIX y XX. arqueología de una misma forma, pues cada nación siempre tiene grupos de opinión con visiones opuestas que por tanto elaboran una narración del pasado a partir de una selección singular y diferente a la de los otros. Tampoco es ade cuado, a mi entender, pensar que cada arqueólogo o arqueóloga mantiene la misma ideología, y en consequencia hace arqueología de una manera determi nada, durante toda su vida. Un ejemplo magnífico sobre un estudio de cómo los distintos cambios en la historia personal de un arqueólogo —en este caso una arqueóloga —influyeron de una manera importante en su obra escrita es el recientemente realizado por John Chapman (1998) sobre Marija Gimbutas. En el caso que nos ocupa, sería interesante correlacionar los escritos de Bosch Gimpera, por ejemplo, con las diferentes fases por las que pasó su trayectoria. Tomar como base para el estudio de su personalidad sus proprias memorias escritas en sus últimos años de vida es, pienso, válido sólo para estudiar cómo se sentía en aquel periodo, pero no necesariamente en momentos anteriores, ni en Cataluña (y Alemania) en su juventud y primera madurez, ni en París o México.Las generalizaciones se hacen, sin embargo, necesarias en un ensayo como el que presento a continuación. Creo necesario recalcar que éste se debe sólo tomar como una base para estudios más profundos, que tengan en cuenta las complejidades personales del arqueólogo o arqueóloga como persona no sólo con una identidad nacionalista, sino también étnica (que como he defendido recientemente no es lo mismo (Díaz-Andreu, 1998a)), religiosa y de clase. Todas estas identidades y las circunstancias personales interactúan influyendo de una manera compleja la arqueología realizada. No es que los arqueólogos y las arqueólogas estén conscientemente tratando de manipular la arqueología, de engañar presentando el pasado de la forma más conveniente para él o ella (aun que algunos, una minoría, de hecho sí que lo hagan); sino que la arqueología, como la historia, no es independiente de la que escribe, y por ello los textos, como los objetos arqueológicos, son hijos de su tiempo. No puede ser de otra forma. Por ello es tan importante conocer cuál es nuestra propria historia como disciplina, para poder contextualizar —y entender —lo que hemos heredado de nuestros antecesores, para poder comprender el marco y las implicaciones de nuestra labor profesional. 1. Los principios de la institucionalización Hacer una historia de la arqueología en España puede ser problemático, en primer lugar porque el mismo término arqueología lo es. En este trabajo lo defi niré de una manera muy genérica como el estudio histórico del pasado basado en sus restos materiales. La ambigüedad de esta descripción es patente, pero la acepto como forma de evitar una excesiva y excluyeme compartimentación de la ciencia que es lo que, en definitiva, los cuerpos profesionales han intentado hacer a lo largo de estos dos últimos siglos, anquilosando en ocasiones una mirada flexible dirigida, en nuestro caso, al pasado.El conocimiento del pasado es algo inherente a la formación del estado moderno y a sus precedentes desde el siglo XV. Desde aquella centuria numero sos fueron los intelectuales que recogieron entre sus saberes y escritos el enten- O  Arqueólogo Portugués, Serie IV, 11/12. 1993-1994, p. 189-209.  Margarita Díaz-Andreu - La Arqueología en España en los siglos XIXy XX.193 .dimiento sobre lo que había ocurrido en épocas pretéritas. A medida que se retrocedía en el tiempo, sin embargo, los problemas sobre el conocimiento eran mayores, y éstos llegaban a ser casi insuperables en lo concerniente a la prehis toria. Dado que la Biblia se consideraba la referencia histórica básica, lo poco que se sabía sobre el pasado más remoto se intentaba explicar según el texto sagrado, lo que producía evidentes desajustes. Las monedas, las estatuas y en general objetos antiguos recibían mayor aceptación en las colecciones, porque dotaban de un pasado clásico, de antigüedad, a una determinada ciudad o fami lia. Era una nueva concepción de lo que confería el prestigio social lo que se estaba formando, que, al basarse en la admiración por el pasado romano impregnaba los objetos de esta época de un valor antes ni siquiera imaginado. El clero y la monarquía (Mora, 1991) también participaron de estos valores que finalmente minarían sus prerrogativas. Aunque para una mejor descripción de esta época precedente dirijo al lec tor a lo escrito por Gloria Mora y por otros autores recientemente (Mora, 1991, 1994. 1995; Díaz-Andreu y Mora, 1995. p. 25-28; Beltrán y Gaseó, 1993), enume raré aquí brevemente varios de los protagonistas del estudio del pasado. En los siglos XVI y XVII figuras claves serán las de Antonio Agustín, Rodrigo Caro y  Ambrosio de Morales. En el siglo XVIII la recurrencia al pasado se reforzará por parte de la nueva casa reinante en España, los Borbones, como otro medio de legitimación de su propia presencia en el pais (Mora, 1991). En esta centuria es cuando se crea la Real Academia de la Historia (1737), que controlará a partir de este momento el estudio de las antigüedades, a la que se suman las Sociedades de Amigos del Pais, en las que comenzarán a concentrarse los individuos intere sados en estos temas. De nuevo se pueden apuntar unos pocos nombres clave que ahora ya aumentan en número con respecto a los anteriores: Nicolás  Antonio, el deán Manuel Martín, Trigueros, el marqués de Valdeflores o Juan  Agustín Ceán Bermúdez. 2. El siglo XIX1 El estudio del pasado adquiere una nueva y más marcada importancia a partir de la Revolución Francesa de 1789. Como no podía ser de otra manera, las ideas que ahí surgen están basadas en todo el pensamiento de las centurias pre cedentes. No es que aparezca, por tanto, la palabra nación por primera vez, pues esta se repite una y otra vez en los escritos del dieciocho (Mora, 1994). Lo que ocurre es que el significado semántico de ésta cambia de una manera radi cal al unirle en primer lugar la importancia del conjunto de los individuos que la conforman (y no sólo de la monarquía que la representa) y, más tarde, la unidad espiritual de sus miembros. Ésta última estará basada en diversos factores en los que unos autores inciden de una manera más o menos, según la importancia de les otorguen: la lengua, la raza (concepto cuyo significado sólo adoptará su 1Se han realizado recientemente dos tesis doctorales sobre esta centuria, una disponible en   microfichas (Ayarzagüena, 1992) y otra que supongo que se publicará brevemente en las publicacio nes de la Universidad Complutense (Jiménez Diez, 1993). O Arqueólogo Portugués, Serie IV, 11/12. 1993-1994, ¡>. 189-209  194Margarita Diaz-Aticlreu - La Arqueología en España en los siglos XIXy XX. semántica en el campo de la antropología física ya en el siglo XX), la religión, la etnia, la cultura (también de sentido cambiante, ver Díaz-Andreu 1996 c) y el ter ritorio. La historia tiene mucho que ver con todo ello, pues sirve para razonar la permanencia del elemento elegido por una determinada nación a lo largo de los siglos hasta el momento presente. El argumento de la antigüedad sigue, por tanto, manteniendo su importancia, y ahora definitivamente, y más que en el dieciocho (Mora, 1991), se convierte en un arma política.El estudio del pasado sigue durante el siglo XIX controlado por una institu ción nacida en la centuria anterior: la Real Academia de la Historia (Peiró Martín, 1995). Sin embargo la exigencia de una mayor especialización y de lugares para almacenar los vestigios materiales del pasado, ya sea en forma de documento escrito - archivos y bibliotecas - o materializados en objetos - museos - hará que se cree, a imagen de 1' Ecole de Chartes francesa, la Escuela Superior de Diplomática, que proveerá los especialistas necesarios para dirigir dichas institu ciones (Peiró y Pasamar Alzuría, 1994; Peiró, 1990).La Escuela Superior de Diplomática abrirá sus puertas en 1856. Allí se estu diarán las asignaturas de arqueología, epigrafía y numismática (Peiró y Pasamar  Alzuría, 1989-90, 1991, p. 144, 1994). Sus estudiantes formarán el Cuerpo Facultativo de Archiveros y Bibliotecarios, más tarde, en 1868 y tras la creación del Museo Arqueológico Nacional2, llamado Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios  y Anticuarios3. Allí serán profesores Juan Catalina López García, Pedro Felipe de Monlau y Roca (primer director del MAN), Juan Facundo Riaño, y además estu diarán José Ramón Mélida, Gabriel Llabrés y Quintana y otros. En esta institución queda definida la arqueología como la ciencia que estudia las obras de arte   y de la industria bajo el exclusivo aspecto de su antigüedad (Peiró y Pasamar Alzuría, 1991, p. 146), lo que nos indica su intensa relación con el estudio de las mani festaciones artísticas y por tanto la exclusión de la prehistoria de su curriculum docente (Díaz-Andreu, 1995a).Otros países sí que incluirán la prehistoria entre sus intereses. En Dinamarca, por entonces sumida en una grave crisis de identidad y donde el recurso al pasado y al paisaje concentra en los megalitos la imagen de la unidad nacional, el primer catedrático de universidad de prehistoria será Worsaae en 1855 (Sorensen, 1996). La situación en España es, sin embargo, característica de la la Europa del sur, que ve en su pasado clásico la glorificación de su carácter. La protohistoria es una época ambigua: se la admite como un momento de gran transcendencia y con héroes evidentes (los galos en Francia y Bribracte, los celtí beros e iberos en Numancia y Sagunto en España), pero se la estudia a través de la información vertida en los textos clásicos, y se deja el conocimiento de pri mera mano, las excavaciones, a los no profesionales en arqueología (a ingenie ros por ejemplo, caso de Saavedra en Numancia). La prehistoria propiamente dicha queda fuera del ámbito estricto de la historia y se relaciona con las cien cias naturales. Los prehistoriadores españoles del siglo XIX serán geólogos (Casiano de Prado y Vallo o Juan Vilanova y Piera), biólogos (Antonio Machado 2Una detallada historiografía del museo se puede encontrar en Marcos Pous (1993). También   hay abundante información sobre éste y otros museos en Sanz Pastor (1990).J Su nombre cambiará en 1900 al de Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y     Arqueólogos. O Arqueólogo Portugués. Serie ¡V, 11/12, 1993-1994, p. 189-209.
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