A 50 AÑOS DE LA SAL D LOS CERROS

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   A casi 40 años de La Sal de los Cerros  : Un libro, un proceso 1   Alberto Chirif Recuerdo bien el verano de 1966 cuando Stefano Varese presentó su tesis, una investigación de carácter etnohistórico sobre los  Asháninka (en ese tiempo aún llamados Campa), para graduarse en el entonces Instituto de Etnología y Arqueología (creo que así se llamaba) de la Universidad Católica, que funcionaba en el Instituto Riva Agüero. Fue a fines de marzo. Dos años más tarde, la Universidad Peruana de Ciencias y Tecnología, de fugaz paso por el mundo académico nacional, publicó su trabajo con el nombre de La Sal de los Cerros  . Era la primera edición de un libro que marcaría un hito en la historia de los estudios amazónicos en el Perú, por razones que explicaré más adelante. Para mí, 1966 fue el año en que me encontré afuera de la universidad, no por haber terminado mi carrera sino por haberla abandonado. Había tomado la decisión de apartarme de ella a fines   2 de 1965, luego que un primer año de estudios en sociología en la Universidad Católica amenazara con secarme la imaginación y me impulsara a recurrir a la terapia del cultivo de la tierra. Disponía de tiempo para la lectura, y esto fue lo que hice con La Sal de los Cerros  , que Stefano había repartido generosamente entre sus amigos. Por entonces, más allá de un par de viajes en la etapa postescolar y de algunos referentes familiares, que no son del caso referir ahora, para mí la selva era un ambiente desconocido y sin más atractivo, en lo particular, que el de su exuberancia y, en lo general, que el que evocaba y aún evoca en mí el significado de la palabra viaje  : cambio, movimiento, descubrimiento y placer visual, vital. La visión diferente sobre la región y sus pobladores srcinarios que presentaba el libro de Stefano comenzó a despertar en mí un interés especial por esa realidad, que no mencionaría si sólo se hubiese tratado de un sentimiento estrictamente personal y no, como en verdad fue, algo que afectó también a otros de mi generación y a 1  Prólogo al libro  La Sal de los Cerros , de Stefano Varese. Tercera edición en castellano. Fondo Editorial del Congreso. Lima 2006, pp. XIX-XLIX.   3 algunos más jóvenes. Por eso es que creo importante evocar estos recuerdos. En la historia del Perú, las mentiras, las traiciones y las derrotas son más que frecuentes, y ésta es la tradición en la que hemos sido formados. El país comienza a formarse en la etapa de la conquista, con el acto fundador de la mentira y la traición de Pizarro a  Atahualpa que marcan el inicio de la destrucción del ejército incaico. Felipillo es el nombre del traidor y también sinónimo de actuaciones de este tipo, y poco importa discutir si existió o no, porque su valor es, como el de los mitos, dar cuenta de hechos primordiales que marcan la historia de la humanidad. En esta tradición, además, el que pierde es siempre el pobre, y pobre es una categoría que siempre es definida por comparación con los valores y modelos de la sociedad dominante, que es la que se implanta con la conquista y, con crisis y variantes, continúa hasta hoy. Lo que digo en el párrafo anterior era algo que los de mi generación sabíamos   que también era aplicable para la Amazonía y los pueblos indígenas de esta región aun antes de conocer esta realidad. Es decir, era una visión que tenía el valor del dogma, que es   4 intemporal e inmutable. Así es porque así fue y así será. Los pobres, y los indígenas lo son (es un axioma), como decía uno de los cónsules extranjeros que analizó el tema de las condiciones laborales imperantes en la cuenca a comienzos del siglo XX, a raíz de las denuncias de esclavitud y masacres cometidas por los caucheros en el Putumayo, son considerados por las clases dominantes como seres puestos en el mundo por la Providencia para servir a los ricos y a los poderosos. Sin embargo, el libro de Stefano Varese, sin arengas ni afanes de adoctrinamiento de ningún tipo, a través de un lenguaje sencillo y directo, puso a los lectores ante una realidad diferente, en la que los  Asháninka, en asociación con otros pueblos indígenas de la selva central, que no eran pobres en ningún sentido, vencían, ganaban no una sino varias batallas y expulsaban a los invasores, quienes estuvieron más de un siglo afuera de la zona, hasta que la República se hizo presente, con soldados, cañoneras y coroneles, que restablecieron el orden y la autoridad del dogma. No obstante esto, esos triunfos tuvieron el poder de instalar, en los indígenas y en quienes seguimos su esperanza, que es también la nuestra por construir una sociedad mejor, el acto primordial de la victoria que   5 vive en un recuerdo que es hoy. Los Asháninka saben que no hubo derrota, que Juan Santos, su líder, no ha muerto, que su cuerpo sólo despareció echando humo  , igual que lo que sucedió, en otro tiempo y latitud, con Mackandal, conductor negro de la rebelión haitiana contra el poder despótico de Henri Christophe, que desapareció volando por los cielos cuando estaba a punto de ser quemado en la hoguera y que desde entonces permanece en el reino de este mundo  . ¿Qué muestra el libro de Stefano Varese, además de la victoria sobre el poder de gente que no es pobre, lo cual ya es bastante?  Aun cuando la parte etnográfica no es el fuerte de esa obra (la segunda edición, de 1973, reforzó la sección que aborda este tema), las conversaciones con él durante esos años, muchas veces después de haber visto las películas y diapositivas que había tomado en el Gran Pajonal, escenario de su trabajo, me pusieron en contacto con una sociedad de profundos rasgos democráticos, que sin embargo no estaba sometida a los procedimientos de representatividad en que la nuestra    así lo declara     funda los principios de la democracia. La sociedad asháninka, como muchas otras de la región, ha sido una sociedad con autoridades pero sin jefes, es
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